Bogotá: una ciudad en bucle

“Las ciudades, como los sueños, están llenas de deseos y miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra” – Italo Calvino

November 5, 2019

La capital se encuentra en este ciclo constante de deterioro y restauración, de olvido y descubrimiento, de desuso y uso, de escritura y reescritura. Y aunque la simbología para todos es cambiante y relativa, gira en torno a ciertas concepciones del espacio y a la propia espacialidad que están permeadas por opiniones colectivas. Es así pues, según Nussbaum, las emociones afirman la percepción (Pena, 2016). Aunque en parte tal libre pensamiento es originador de los imaginarios urbanos, cuando la cultura se politiza o empieza a hacer parte de dominación por parte de las masas, la sociedad es vista como un concepto frágil, carente de imaginación y empatía. Por esto mismo es que quienes habitan aquellos espacios otros que conforman la ciudad son silenciados sistemáticamente, y cualquier expresión artística (como el graffiti en el centro) es deslegitimada e ignorada pues, al final, el poder es producción (Martín-Barbero, 1987).

 

Esta problemática solo es intensificada con el choque que existe entre el comercio y su expresión cultural característica (ruido, maniquíes, luces, carteles) y la expresión cultural de imagen de las casonas. La necesidad de sobrevivir y de vender opaca los palacios que ya no lo son, los opaca y los toma consigo, y envuelve a estas edificaciones en una especie de comensalismo que termina por ser parasitismo. La cultura se vuelve frágil, así como el arte. A su vez, las personas no paran a pensar en lo que es justo o lo que no, y la compasión (vehículo para tener empatía) es una emoción que sigue sin ser escrita en las redes de la ciudad en todas las veces que Bogotá se ha reescrito. Es por ello que el sistema acelerado de acumular dinero se vuelve perjudicial en la tarea de observar a Bogotá como un pergamino en blanco, dispuesto, libre, y quienes se encuentran envueltos en esta cotidianidad (simultáneamente convirtiéndose en observadores pasivos) no se dan cuenta que están pasando por alto cien años de historia cuando no dudan en colgar un cartel encima del marco ornamentado que se empolva con el pasar del tiempo.

 

Es precisamente esta falta de sensibilización que imposibilita entender la ciudad. La actividad de reescritura espacial, cultural, e intelectual, debe hacerse de manera correcta. De otro modo, el gran abismo que se abre bajo los pies de quienes pretendan interpretar la metrópoli, y específicamente Bogotá, es amenazante. Las cualidades de palimpsesto urbano de Bogotá deben entenderse como una parte de su esencialidad, como una parte crucial de su historia. Encontrar las huellas, marcar los vestigios, descubrir cicatrices de pasados en la ciudad es una actividad que se debe realizar de manera constante para comprender cómo el espacio media la opinión pública, la opinión personal. El espacio tiene tal efecto sobre la percepción del ciudadano que todos los procesos sociales históricos también han sido influenciados directamente por su entorno tangible.

 

Finalmente, es adecuado comprender ese entorno como uno que se transforma pero que conserva aún la primera de sus versiones. Comprender qué se está observando es importante, por eso mismo se debe buscar pistas que indiquen sucesos previos. Tal actividad conlleva una reivindicación histórica, significa la importancia del pasado y la influencia que está teniendo justo en este momento. Abrir los ojos y presenciar el cambio de imaginario cuando una persona ve por primera vez un espacio que ha evolucionado es invaluable: es necesario para entendernos como sociedad en conjunto. Una reflexión de tal magnitud no debe pasarse por alto, contrariamente, debe impulsar una re-significación del pasado para poder entender las circunstancias del futuro, y las infinitas posibilidades que existen para cambiarlo.

 

 


Sarah Lucía Torres
Undécimo B


 

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